San Telmo, abogado y protector de la gente de mar.
 
Queridos amigos:

Me complace dirigiros este breve saludo porque tengo la certeza y sensación derivada de ella, de encontrarme en familia. Por eso evito corteses enumeraciones más o menos académicas, y uso decididamente esa escueta locución, que me parece la más comprensiva y la más acorde con la celebración de las efemérides del Patrono de nuestra Escuela, en la cual los estudiantes tienen un papel tan destacado.

La advocación marinera de San Telmo es antigua, y de ello trataremos en esta charla lo más extensa y profundamente que podamos, dentro de las razonables limitaciones que impone un acto de esta naturaleza. Sin embargo, su patronazgo sobre esta casa, con carácter oficial, es reciente: poco posterior a la integración de la Escuela en la Universidad de La Coruña, en el año 1.990. Se podría haber elegido a algún otro Santo protector con tradición en el ámbito del mar, e incluso recurrir a la intercesión indiscutible de la Virgen del Carmen, pero se prefirió a San Telmo por su condición de español, de apóstol de Galicia, y de auspiciador de favores a las gentes marineras desde tiempos ciertamente remotos. Incluso se tuvo en cuenta el patrocinio que ya ejerció el Santo en la que se puede considerar como la primera Escuela de Náutica de España, el famoso Colegio de San Telmo, establecido en Sevilla en 1.681, al trasladarse a Cádiz la Casa de Contratación de Indias. Sin duda se trata de una decisión acertada, porque viene determinada por una razón de justicia histórica y contribuye a rescatar la memoria de un valedor celestial extraordinario de los marineros españoles.

San Telmo es un santo antiguo, cuya vida de estudio, de servicio a la Iglesia palentina, y, sobre todo, de misión itinerante por tierras de Galicia y Norte de Portugal, transcurre en la Baja Edad Media. Para comprender el por qué la figura heroica y sugestiva de San Telmo ha calado tan profundamente en la piedad popular, especialmente de la gente de mar, hasta llegar a nosotros desde tan lejanas épocas, es, en efecto, necesario detenerse mentalmente, aunque sea por breve espacio, en lo que significó la Edad Media en la historia de nuestra cultura europea: una época que duró aproximadamente mil años y en el transcurso de la cual el mundo conoció un cambio lento, pero seguro; la sociedad sufrió una profunda transformación, el Cristianismo fue asimilado por la totalidad de los pueblos de Europa, y a su término la historia del hombre cambió nueva mente de rumbo. La consolidación de las grandes nacionalidades, el Renacimiento y el descubrimiento de nuevas tierras hasta entonces desconocidas, son los principales hechos que abren paso a la Edad Moderna.

Es un error creer que la Edad Media fue un largo período decadente, opresivo y negro. Fue una lenta superación para que el hombre entrara en le mundo moderno bajo el signo de la libertad y el humanismo. La Edad Media fue una síntesis y significó la salvación de los principales valores del mundo clásico, del mundo bárbaro y del Cristianismo. Un proceso lento, que, como ya se ha recordado, duró diez siglos.

La Edad Media está jalonada por hechos históricos de una trascendencia fundamental en el devenir de Europa: las invasiones bárbaras que desde la antigua Germania se fueron asentando lentamente dentro de los límites del Imperio Romano; la aparición del Imperio Romano de Oriente; el florecimiento de la cultura bizantina; la expansión árabe y su penetración en España en el S.VIII; la fundación del reino franco por Clodoveo, en el año 481, y la instauración del Imperio Carolingio; la Reconquista española, en algunos de cuyos episodios estuvo presente San Telmo; la aparición del feudalismo y su asentamiento en Europa; la presencia de la Iglesia, único poder sano y fuerte del mundo antiguo, cuando los bárbaros invadieron Occidente; la decisiva influencia espiritual y cultural de los monasterios; la entrada en la escena medieval de las grandes Órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos; las expediciones bélicas conocidas como Cruzadas; los máximos exponentes del arte religioso medieval, los estilos románico y gótico; y, finalmente, las numerosas manifestaciones de la cultura, del pensamiento, de las letras, con la creación de las primeras Universidades ( Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Palencia, Salamanca), con la aparición de la Escolástica, una Filosofía basada en la Teología, con la máxima figura del pensamiento gótico, Santo Tomás de Aquino, con la amplia difusión de los idiomas nacionales y sus correspondientes literaturas, con los "cantares de gesta" franceses y españoles, con el impresionante poema Los Nibelungos, de autor desconocido, de Gonzalo de Berceo, y con tantos y tantos ejemplos que podrían traerse a colación.

La Edad Media es un período en el que la cruz y la espada, lo religioso y lo militar, imperan y predominan. Es una época de una gran espiritualidad religiosa, que alcanza su cima en lo que se conoce como la Baja Edad Media, a partir del S.XIII, que es cuando vive nuestro héroe. Es el tiempo en que surge ese milagro que llamamos gótico, cuyas portentosas realizaciones son esas irrepetibles catedrales, que alguien llamó " plegarias petrificadas "; un milagro debido, en gran parte, a que Europa gozaba en estos siglos de una unidad espiritual, una religión común para todos acatada, y una filosofía, un sentir político y social admitido ciegamente por todos. Sólo una organización perfecta al servicio de un ideal sentido por la comunidad explica la construcción de catedrales como las de Milán, Colonia, Reims, Sevilla, etc.

Hora es ya, pues, en el marco de este sucinto recuerdo medieval, de tratar el perfil biográfico de San Telmo, procurando poner de relieve su impronta indeleble sobre el mundo marinero. El material hagiográfico para hacerlo es abundante y tampoco faltan los trabajos históricos conexos con su época o con determinados aspectos de su vida. Sin embargo, en aras a la brevedad que impone mi modesta intervención en este acto de celebración patronal, he preferido basarme únicamente en dos monografías: el resumen bibliográfico titulado " San Pedro González de Frómista, Abogado y Patrón de las Gentes de Mar ", del P. Hipólito Sancho, O.P., publicado en 1.920 en la obra, "Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de Ios Predicadores "; y el magnífico estudio histórico-hagiográfico, " El Bienaventurado Fray Pedro González O.P., San Telmo ", publicado en Salamanca en 1.991, y debido a la brillante pluma del dominico Loenzo Galmés.

Aunque gallego y un tanto portugués por sentimiento y adopción, San Pedro González, al que devoción popular vino a llamar Telmo, por motivos que más adelante se resumirán, fue un castellano de pura cepa por nacimiento. Vino al mundo en Frómista, un bello pueblecito de la provincia y diócesis de Palencia, partido judicial de Carrión de los Condes, situado en el Camino de Santiago. Una tierra castellana auténtica, aparentemente seca y dura, bañada por un sol esplendoroso, cubierta por un cielo limpio y puro, limitada por horizontes rectilíneos o suavemente ondulados. Nada mejor que las inspiradas frases de Gaspar Gómez de la Serna, citado por el P. Galmés y transcritas literalmente a continuación, para captar la escondida belleza del entorno de la cuna de San Telmo: " Se va adentrando el viajero en la sedienta Tierra de Campos, sólo florecida brevemente, junto a la ribera de los ríos o del Canal de Castilla, en estrechas franjas de verdor tímido y como avergonzado de sí mismo. El resto es la enorme vastedad seca de la tierra, sobre la que los pueblos juntan a la soberbia piedra sillar de los templos de otra edad el humilde adobe pajizo de las pobres casas, que se descompone y decolora al sol. Ni la pobreza ni la sed le quitan su patética hermosura al paisaje, en donde el campo es como un mar cuyo confín azulenco se junta, curvo, llano y lejanísimo con el azul emblanquecido por la distancia del techo sideral. Son estos los " Campi Gothurum" y sobre ellos duerme la mayor sobrecarga histórica de España.

“Pero ahí está Frómista, un pueblo de color siena, donde resisten apenas el tirón de todas las migraciones menos de 4.000 habitantes ".

Frómista, en plena ruta jacobea, tuvo un pasado importante: contaba con un monasterio Benedictino del S. XI, del que sólo queda, cuidadosamente restaurada a finales del XIX, la maravilla románica de la iglesia de San Martín; existían además una judería y una sinagoga (hoy convertida en capilla de la cofradía local) muy antiguas e influyentes; y, según Genaro de Pineda en el S. XVIII, la villa estaba amurallada, dotada de un fuerte castillo, y sus tierras eran fértiles, principalmente en los cultivos de cereales y viñedo.

Como ocurre con otros personajes del medievo, poco se sabe del nacimiento y primeros años de vida de San Telmo.

Tiene cierta explicación, porque, recogidos sus últimos recuerdos cincuenta años después de su muerte y en lugar distante de su tierra natal, pero que en cambio recogió los mayores frutos de su apostolado, tales recuerdos se centraron más en la segunda mitad de su vida que en los años de infancia y primera juventud.

Ni siquiera se conoce con certeza la fecha de su nacimiento, si bien las deducciones más atinadas de sus hagiógrafos la sitúan en el entorno del año 1.190. Según el Legendario o conjunto de Leyendas de la iglesia de Tuy, los padres de San Pedro González eran nobles y no desprovistos de riquezas. Pertenecía a la casa de los Gundisalvi; es decir, en romance, a la familia de los descendientes de González. Familia, por supuesto, cristiana, de nombre limpio, acrisoladas costumbres y elevado sentido del temor de Dios.

Parece que su familia le destinó al sacerdocio desde temprana edad, a cuyo efecto hubo de recibir la información adecuada, primeramente en el seno de la familia, y simultáneamente hay que aceptar la posibilidad de que tuviera algún pre¬ceptor particular, dada la posición de sus padres. Tampoco hay que destacar que asistiese a una escuela monástica regentada por los benedictinos de la localidad. Esta primera etapa formativa finalizaba con el estudio de las Artes Liberales, los conocidos " trivium " y " quatrivium " medievales, tras lo cual el candidato a emprender el camino de las letras era considerado apto para ser enviado a estudiar a escuelas calificadas como superiores.

Las escasas y escuetas alusiones a la infancia de San Telmo con que se puede contar, nos lo presentan, en esta fase de su formación, como dotado de un temperamento noble y vivo, con una gran sensibilidad hacia los más elevados valores humanos. De porte distinguido y buenos modales, no se da a entender, en ninguna de esas breves citas, que fuera santo, a diferencia de otros muchos casos. La santidad, fruto de la gracia, la iría conquistando a lo largo de los años.

A los diecinueve o veinte años, es decir, hacia 1.209, si se toma como año de nacimiento el de 1.190, el joven Pedro González llegó a Palencia, donde le esperaban las aulas y los maestros del " Studium Universale ", y también la cálida acogida de su tío carnal, el poderoso señor Don Tello Téllez de Meneses, obispo de la Diócesis, que había ceñido la mitra palentina en 1.209. El Estudio en esta ciudad tuvo años de notoria brillantez durante el reinado de Alfonso VIII, y nuestro joven estudiante conoció los días mejores del mismo, que llegaron a impulso de la hábil y eficiente gestión de su tío el obispo. La formación del Estudio iba orientada sobre todo al ministerio sacerdotal, centrándose principalmente en la Teología, los Cánones y la Sagrada Escritura. Así pues, de Biblia, Teología y Leyes se nutrió el espíritu inquieto del joven Pedro González, que pronto sobresalió entre sus compañeros del Estudio Universal de Palencia. El Legendario recoge en pocas y expresivas palabras el resultado de aquellos años: " gracias a sus potencias, vivas, claras y perspicaces, en poco tiempo adelantó en las Artes Liberales, sobresaliendo a otros, y mostrándose digno de cualquier empleo en la Iglesia Catedral, a quién servía entre otros clérigos ".

Parece, pues, que nos encontramos ante un hombre joven, destacado en el estudio de ciencias sagradas y humanas, sirviendo a la Iglesia Local y, posiblemente, como clérigo.

Concluido el ciclo de su vida juvenil y en una edad no lejana de la madurez (para aquellos tiempos), sobre los veintisiete años, San Telmo fue nombrado canónigo de la Iglesia Palentina, un puesto relevante al que le hacían acreedor sus prendas privilegiadas de inteligencia, lo elevado de su nacimiento y los lazos de sangre que le unían con el Ordinario de aquella sede. Unos diez u once años más tarde, esto es, rodando ya el canónigo Pedro González la cuarentena, vino a caer sobre sus hombros el decanato de la Iglesia Catedral de Palencia, indudablemente el cargo más preeminente del capítulo. Tal era su importancia que se requería, para su colación, la expedición de las correspondientes letras apostólicas emanadas de Roma, lo cual hizo Honorio III, seguramente a instancias del obispo Don Tello, quien, siguiendo la costumbre de la época, es probable que pensase en su sobrino como sucesor suyo en el gobierno de la diócesis de San Antolín.

En este punto de su vida se produce un hecho aparentemente banal, pero que la mayor parte de los estudiosos de la vida de San Telmo consideran como la causa de su conversión, aunque no se puede hablar de conversión, en sentido estricto, como acceso a la fe y las virtudes cristianas desde una situación de vida completamente ajena a las mismas. El propio Trasunto Público del Proceso Informativo presentado en la causa de canonización recoge este episodio. El Decano de la Catedral de Palencia, Pedro González, al fin y al cabo, era hijo de su tiempo y, por consiguiente, hay que deducir que, sin mengua de la dignidad sacerdotal que ostentaba, debía de estar orgulloso de su talento y de su ciencia, de su seguridad económica, de la protección de su poderoso tío. No es de extrañar, por tanto, que el rango de la nueva dignidad alcanzada se le subiera un poco a la cabeza. La llegada de su nombramiento, que le fue enviado personalmente desde Roma, le infundió tal vanidad que decidió festejar el hecho haciendo ensillar un magnífico caballo enjaezado con el lujo propio de los grandes señores y, caracoleando sobre él, recorrió la ciudad como en triunfo por calles y plazas. Había llovido poco tiempo antes y por las calles abundaban los lodazales que se formaban en lugares polvorientos. Llegando el deán a uno de los charcos más sucios y repugnantes, haciendo gala de su maestría en el manejo del caballo, un movimiento inesperado de éste lo arrojó en el fango en medio de la mofa de los presentes, trocándose las galas en sucios guiñapos y la satisfacción en amargura. Una vez pasado el susto y vencida la primera impresión, el corazón de Pedro se mudó en un instante, se sintió lleno de vergüenza, aborreció las vanidades mundanas, y, en suma, determinó abandonar para siempre la vida que hasta entonces llevara. A partir de aquí se entregó a Dios con plena generosidad y emprendió decididamente el camino de la santidad. Como el Apóstol de los Gentiles, también Pedro González se cayó del caballo, pero a diferencia de aquél no tuvo necesidad de oír físicamente la voz del Maestro para aceptar el vuelco de la conversión.

Tomada la firme determinación de cambiar de vida, renunció San Telmo a su elevado cargo eclesiástico, y, abandonado las fastuosas vestiduras canonicales, pidió y obtuvo el humilde hábito de la Orden de Predicadores en el por entonces recién fundado Convento de San Pablo, de Palencia. La propia Orden creada por Santo Domingo de Guzmán tenía reciente su primera andadura, y se tiene por cierto que el Santo fundador erigió el Convento de San Pablo en el año 1.219.

En su decisión, seguramente difícil, aparte de Providencia de Dios, pudo influir el prestigio de Domingo de Guzmán, muy vinculado a la Capital palentina, de del que Studium había sido alumno, unos años antes de Pedro González. Además estaba el ejemplo vivificador de los frailes predicadores de San Pablo, su austeridad de vida, la fuerza con que proclamaban la Palabra de Dios. Su estilo no era como el de las grandes abadías, deslumbrantes focos de cultura y espiritualidad, un tanto alejadas de los núcleos urbanos. Por el contrario, los dominicos, como los franciscanos, se insertaban en las ciudades y conectaban con las inquietudes de sus moradores. Alternaban el estudio, la oración y la predicación, en pobreza evangélica y mendicidad. Si a esto se añade la devoción y culto intensos al misterio de la Sagrada Eucaristía, y el amor especial a la madre de Dios, característicos de la Orden dominicana, se comprende la atrayente seducción que tuvo que sentir nuestro Santo patrono para formar en sus filas. Hasta sus propias prendas personales (elocuencia innata y gracia en el hablar, así como agradable presencia), y su elevada preparación intelectual, contribuían a facilitar la elección.

En el Trasunto Público del Proceso Informativo, ya citado, autoridad lógicamente incontestable, se pone énfasis en el aspecto de la asimilación del carisma dominicano por parte de San Telmo, durante su etapa de noviciado, probablemente abreviado con el de otros muchos santos de aquellos tiempos.
Los Superiores de la Orden, de la provincia de Castilla, no tardaron en darse cuenta de que fray Pedro González había hecho en poco tiempo un largo recorrido espiritual. Su madurez humana y dominicana saltaba a la vista. Merecía, por lo tanto, ser considerado un "varón digno del Apostólico empleo", es decir, ser enviado a decir el mensaje del Reino a pueblos y comarcas, en calidad de Predicador itinerante. Recorrer caminos, en compañía de un hermano de la Orden, vivir de limosna, y sembrar el Evangelio en los lugares por donde pasasen. Fray Pedro González había conseguido lo que iba a ser santo y seña de toda su vida: constituirse en predicador y evangelizador.

Esta actividad la inicia fray Pedro hacia 1.223 o 1.224, a la edad de cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. Recorre toda la diócesis de Palencia y otras de Castilla, León, Navarra, Vasconia, Aragón, y aún se dejó ver en Cataluña, pues de todo ello hay memoria en los Conventos de su Orden en las mencionadas provincias. La actividad externa de su misión apostólica no fue fácil ni cómoda. Fiel a la consigna del Patriarca fundador puso todo su empeño en evangelizar a los más necesitados, a las gentes sencillas de los pueblos y aldeas, que por falta de catequesis podían caer en una ignorancia de los misterios de la fe. Esta enseñanza oral era fundamental en aquellos ambientes iletrados. Caminaba sin descanso, comía muy parcamente y, con frecuencia, menos de lo necesario; se mortificaba, se alojaba en la casa en que lo recibían de buen grado, que eran muchas, y, una vez en ellas, llevaba a cabo con delicadeza y prudencia, una especie de predicación familiar que daba como resultado el que todos los componentes de aquellos hogares se acercasen arrepentidos al Sacramento de la Penitencia, del cual, en general, se hallaban muy necesitados.
San Pedro González, una vez convertido en misionero itinerante, siempre prestó una especial y cuidadosa atención a todo lo rela¬cionado con este Sacramento, acudiendo inmediatamente y abandonando momentáneamente incluso otros deberes apostólicos, allí donde fuese requerido para recibir confesión.

Su fama se propagó tan extensamente y con tal celeridad que llegó a penetrar en el aula regia, en la que el gran rey San Fernando sostenía con pulso firme los asuntos de la Corte, y llevaba a cabo sus campañas reconquistadoras. Movido por su personalísimo celo religioso, quiso que fray Pedro González le acompañase en las campañas de Andalucía, para atender al ser-vicio religioso y pastoral de la tropa. La tarea de servir religiosa-mente a un rey en campañas militares era ciertamente difícil y delicada, y más todavía era la de cumplir con el ministerio sacerdotal entre soldados en pie de guerra. No eran por supuesto trabajos que resultasen muy del agrado de un misionero de la talla de Fray Pedro González. Su ambiente era otro, pero la obediencia le impuso aquel entorno guerrero de cruzada que tenía la Reconquista, y él cumplió sus deberes, como siempre, con brillantez, con eficacia, y, sobre todo, con energía, acudiendo a su palabra para corregir los desórdenes y liviandades de los soldados, e incluso aleccionando al propio Rey para que interviniese, haciéndolo responsable ante Dios de aquellas faltas, si con mano dura no trataba de reprimirlas. Esta actitud le granjeó enemigos poderosos en el campamento, que trataron de atentar contra su pureza de forma burda y vil, para ponerlo en evidencia ante el Rey. Pero nuestro Santo salió incólume de la prueba de forma milagrosa y espectacular, que relatan sus biógrafos, siendo este hecho uno de los primeros prodigios en vida que acredita su incontestable condición de taumaturgo.

Durante esta etapa fue confesor de Fernando Ill el Santo, estuvo con él en el sitio de Córdoba, en 1.234, y en la rendición de la ciudad, en 1.236. En este año el Rey retorna a Castilla y San Telmo le acompaña hasta Burgos. Poco después nuestro fraile itinerante abandona la Corte, con las debidas licencias, y retoma el hilo de su ministerio apostólico dirigiéndose a Asturias y, enseguida, a Galicia y norte de Portugal, donde le espera una década de intensa actividad como predicador y misionero popular, que deslumbró a sus contemporáneos y todavía hoy nos llena de admiración y respeto.

Llegamos así al tramo más interesante de la vida de San Telmo, como apóstol de Galicia y patrono de navegantes y pescadores.

Galicia cautivó a San Telmo y las gentes de Galicia resultaron cautivadas por él. Fue una compenetración perfecta, que resistió el paso de los siglos y, aunque atenuada, ha llegado hasta nosotros. En Galicia dejó el recuerdo imperecedero de sus virtudes y milagros. La devoción a San Telmo forma parte del humanismo cristiano del pueblo gallego, que con su temple emigrante característico, llevó esta devoción a todas las latitudes.

Los siglos XII y XIII, que acotan la vida de San Pedro González, constituyen en Galicia una etapa de desarrollo. Tiene lugar en esas dos centurias un crecimiento demográfico significativo y, como consecuencia del mismo, una modificación en las formas de asentamiento, provocando que los núcleos antiguos se fragmentasen y grupos de personas salgan de ellos para crear nuevas aldeas o contribuir a la aparición y desarrollo de otros núcleos urbanos. Se produce también la expansión eco¬nómica en el mundo rural, con la amplificación de la superficie cultivada y la aplicación de sistemas más intensivos en el cultivo de la tierra. Los últimos años del s. XII y primeros del siglo XIII dan lugar en Galicia al renacimiento y nacimiento de una larga serie de núcleos urbanos, que fuerzan la agilización de los intercambios. Otras características importantes de esta época vienen dada por los cambios que experimentan las relaciones sociales: el protagonismo de las instituciones eclesiásticas y la entrada en escena de los hombres de la ciudad. Además, el S. XIII fue el de mayor esplendor de la lírica gallega. El rey Alfonso IX, él mismo poeta gallego y gran amante de la música, se rodeó de trovadores y juglares y tuvo una capilla particular que ejecutaba la mejor música sacra. Su hijo San Fernando, gran administrador y amigo, como ya se ha recordado, de nuestro apóstol popular, escribió también versos gallegos, y, en fin, Alfonso X el Sabio escribe sus bellísimas " Cantigas de Santa María", en un estilo nuevo, influido por la escuela provenzal y tratando temas narrativos tomados de diversas fuentes eclesiásticas.

En esta geografía incomparable y bajo estos signos de cambio y de progreso se desarrollan los últimos diez años de la vida de San Telmo, sin duda los más fecundos de su asombrosa existencia.

Pero fue en la comarca de Tuy y su diócesis donde volcó sus mayores desvelos apostólicos, porque seguramente, en aquella época, estaban muy necesitadas de ellos. En esta región del sur de Galicia puede verse como el mar y la gran vía fluvial que por ella discurre, el Miño, constituyen los ejes de atracción para el nacimiento de los núcleos urbanos. El mar, por dos razo¬nes de tipo económico: la facilidad para los intercambios y el aprovechamiento de la riqueza pesquera. Los puertos naturales de Redondela, Bayona y La Guardia son buenos ejemplos de estas motivaciones de tipo marítimo. En cuanto al Miño, hay que añadir a las razones anteriores la necesidad de defensa del territorio en el momento de la creación y consolación del reino portugués, cuya frontera es precisamente el Miño. Tuy es la ciudad que ejemplifica con nitidez todas las razones que confluyen en el nacimiento y desarrollo de los núcleos urbanos de este espacio regional; en ella se dan, en el S. XIII, las funciones económicas y defensivas, además de la religiosa y administrativa que desempeña como sede episcopal.

Excelente campo de acción, por tanto, para la prodigiosa activi¬dad evangelizadora de San Telmo.


Tuy, que ha sufrido invasiones germánicas, el dominio de los suevos, la invasión musulmana, y las devastaciones de normandos y piratas ingleses, siempre supo defenderse y rehacerse de sus heridas. Su desafiante mole catedralicia, de severa y reposada fortaleza, es un símbolo pétreo de la vida cristiana de la Ciudad y de la región. Comenzada en el S. XII y concluida en el XIII, cuenta con elementos románicos, de inspiración compostelana, e influencia gótica posterior de origen normando. A pesar de las modificaciones que ha sufrido en siglos subsiguientes no ha perdido su personalidad. Como escribe José María Castroviejo, " En Tuy, la Catedral reina, vigila y preside”. El paisaje del bajo Miño no puede prescindir ya de su silueta y de su fascinante poder de evocación. Entre sus recios muros reposan las reliquias de San Telmo, su " cuerpo santo ", como generalmente se denominan.

El punto de partida para la actividad apostólica de Fray Pedro González en Galicia fue el Convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela, convento fundado por el propio Patriarca Santo Domingo de Guzmán, en el año 1.220, con ocasión de su visita a la Cuidad para postrarse ante las sagradas reliquias del Apóstol Santiago.

Desde allí, a instancias de sus Superiores, inicia nuestro Santo su portentosa aventura evangelizadora galaica, que le llevaría finalmente a Tuy y sus alrededores, con notables extensio¬nes a tierras del norte de Portugal. Realizó una intensa actividad misionera, predicando, convirtiendo, confesando y realizando milagros en diversos lugares de la diócesis de Lugo y Orense. Siguiendo el curso del Miño, en compañía de su hermano de Orden, Fray Pedro de las Mariñas, llegó al lugar de Castrelo de Miño, en la diócesis de Orense y dejó allí constancia de un hecho admirable, que le ha valido la fama de santo constructor de puentes, lo cual a veces se refleja en su abundancia iconografíca. Por su posición, el lugar de Castrelo sufría frecuentes inundaciones, que a menudo se cobraban vidas humanas. Se imponía la construcción de un puente capaz de resistir el empuje de las crecidas y permitir el paso seguro de aquellas pobres Mentes de una margen a otra del río Miño. San Telmo, como gran apóstol evangelizador, se preocupaba no solo del bien espiritual de las personas a quienes predicaba sino también de contribuir a la solución de sus problemas materiales, en la medida de sus posibilidades, que, a veces, resultaron milagrosas por su gran poder de intercesión ante Dios. Como en esta ocasión, en que, según la autorizada voz del gran erudito e historiador español del s. XVIII, el agustino P. Flórez de Setién, en su monumental compilación cartas de recomendación de su gran amigo el Rey de Castilla San Fernando, destinadas a todos los señores, eclesiásticos y seglares, exhortándolos a que proviniesen y auxiliasen la construcción del puente. Huelga decir que las cartas reales dieron un resultado excelente, terminándose la obra en un tiempo increíblemente corto. Los fieles concurrieron con limosnas y el mismo Fray Pedro trabajó duramente, sin descuidar sus deberes apostólicos, ayudando a los operarios a extraer y transportar la piedra y los materiales necesarios. El hecho real causó una gran sensación entre los sencillos pobladores de aquellos contornos, y el Santo fray Pedro ha pasado a la historia como carismático constructor de puentes.

Es voz común entre los biógrafos de san Telmo, siguiendo el Legendario tudense, que, una vez concluido el puente, fray Pedro inició la marcha hacia la ciudad de Tuy, ejerciendo su ministerio de predicador apostólico. Desde Tuy pasó a Portugal donde llevó a cabo una intensa campaña de evangelización, entre el Miño y el Duero, con importante repercusión en la vida cristiana del país hermano. En esta región el eco de la figura, la palabra y las obras de San Telmo sigue resonando con poderosa elocuencia. Según la tradición popular, residió, en diferentes ocasiones, en el hospital de pobres de Guimaraes, que más tarde llegaría a ser Convento de la Orden de Predicadores. En este hospital parece que impuso el hábito de Santo Domingo a dos grandes y legendarios Santos portugueses: Gonzalo de Amaranto y Lorenzo Mendes.

No se puede calcular con precisión cuanto duró la actividad desplegada por le Santo en apoyo de la construcción del puente de La Ramallosa, sobre el Miño, entre Gondomar y Bayona.

No contó, en este caso, como en Castrelo, con cartas reales, pero su celo le llevó a pedir limosna de pueblo en pueblo, obteniéndola con tal abundancia que la obra pudo rematarse en un tiempo tan breve que causó la admiración general. Mientras vigilaba el desarrollo de la construcción aprovechaba la ocasión para predicar al notable gentío que le buscaba. En una de estas ocasiones asegura la tradición que calmó milagrosamente una fuerte tormenta que inesperadamente se presentó de la parte de la mar y amenazaba con dispersar al nutrido auditorio.

Pero no se puede finalizar este resumido apunte biográfico de San Telmo sin una referencia, aunque sea somera, a su condición de protector de la gente de mar. Sería imperdonable bajo este techo en que ejerce se patronazgo.

Siendo Galicia una región marinera, no cabe duda que San Telmo, en la última etapa de su vida, tuvo que tener un trato frecuente con navegantes y pescadores. Fray Pedro González, un apóstol celoso para con estas gentes sencillas, no podía desconocer el sufrimiento que tantas veces suponía para los hogares de los pobres su trabajo en las cosas de la mar. Hizo cuanto pudo en vida, pero, una vez muerto pudo, pudo y puede muchísimo más. Su protección sobre navegantes y marineros se ha dejado sentir con notoria especularidad. De esta manera, se impuso la devoción a San Pedro González, con el sobrenombre de San Telmo, como protectores las gentes marineras. La misma representación iconográfica ha consagrado esta advocación marinera de San Pedro González, a quien se representa con su hábito de dominico (túnica blanca y capa negra) sosteniendo en su mano izquierda la maqueta de un buque de vela y empuñan-do en la derecha un cirio encendido que simboliza el conocido " fuego de san Telmo”.
Esto es, su propia presencia en los barcos, en medio de los temporales y de las borrascas, para proteger a los tripulantes que lo invocan.


Se trata de un fenómeno de naturaleza eléctrica, que ya era conocido de los marinos de la antigüedad, aunque bajo otras denominaciones. El apelativo de nuestro Santo se le adjudicó cuando éste comenzó a ser venerado por los marineros, poco después de su muerte, y a ejercer sobre ellos su portentosa acción salvadora. Es un fenómeno físico luminoso en forma de llama o penacho que, en tiempo tormentoso, se llega a observar en los buques, principalmente veleros, y más particularmente en la perilla de los palos y en los extremos de las vergas. Las nubes bajas de la tormenta, cargadas de electricidad, originan en le barco, por inducción, una carga eléctrica. Esta no se reparte uniformemente, coma es sabido, sino que se acumula en las puntas, originando en ellas una mayor densidad eléc¬trica y dando origen a una descarga denominada efluvio, que puede ser invisible o visible. En el primer caso, se origina el llamado " viento eléctrico ", capaz de apagar una cerilla y con el que, aprovechando la reacción de salida, se construye un aparato que en física experimental se conoce con el nombre de " molinete eléctrico”. En el segundo caso se produce un efluvio luminoso, acompañado o no de ligeros ruidos. De este fenómeno ya hablan los escritores griegos y romanos. Si se presentaba en forma múltiple (p.e.: en varias vergas), se le consideraba como de buen presagio, mientras que si se trataba de un solo penacho, que los antiguos llamaban Helena, era un mal augurio. Durante la larga época de la navegación bélica, el fuego de San Telmo se presentaba con más frecuencia que la que pueda tener en los buques actuales, debido a la abundancia de zonas Punta o aguzadas repartidas por la arboladura de los veleros. Resulta interesante mencionar el dato que recogió Hernando Kohm en su diario el día 26 de Octubre de 1.493, durante el referido viaje del Almirante, su padre, al que acompañaba: " El sábado de noche, se vio el fuego de San Telmo con siete velas encendidas, encima de la gavia, con mucha lluvia y espantosos truenos. Quiero decir que se veían las luces que los marineros afirman ser el cuerpo de San Telmo, y le cantan muchas letanías y oraciones, teniendo por cierto que en las tormentas donde se aparezca, nadie puede peligrar ". Un testimonio excepcional del arraigo que la devoción de las gentes de mar tenía a San Telmo, a finales del s. XV.

También el P.Flórez en el s. XVIII, en su monumental obra citada, se refiere a la extendida creencia de los navegantes para con el Santo, cuando se ven en tormenta, añadiendo que se han visto y se ven cada día muchos y muy señalados milagros. En los puertos y pueblos de Canonización dice así: " Estando una vez un marinero en la gavia alta del mástil mayor de su navío, se levantó un viento tan furioso, que dio con el hombre en el mar; y como todos traían en el pico de la lengua el nombre de San Pedro González, encomendóse a él en este peligro, y el Santo Confesor, en hábito de su Orden, le trabó por la mano, diciendo: pues me has llamado, yo quiero socorrerte. Y con esto lo llevó al navío, que ya se había alargado un buen trecho ". Hechos que corrían de boca en boca y que se convirtieron en un instrumento eficacísimo de propaganda de una fervorosa devoción popular hacia San Telmo, que ha llegado hasta nuestros días. Y no quedó en los límites de su Galicia, con tanto cariño evangelizada, sino que cruzó ardosamente el vasto océano, y San Telmo, protector de los navegantes, entró a formar parte de una de las devociones populares más conocidas, en España y en América.

Según los historiadores más autorizados, la sustitución de san Pedro González por San Telmo se produce entre los siglos XV y XVI, y proviene de tomar en cuenta la figura del obispo San Erasmo, mártir de los tiempos de la persecución de Diocleciano, que desde tiempos remotos era venerado como protector de navegantes. Sobre todo los marineros italianos estaban muy acostumbrados a invocar a su patrono como Sant Erasmo, que por abreviación en el uso popular vino a para a Sant Ermo. El intercambio comercial y cultural entre Italia y España llevó a ésta la devoción a Sant Ermo. En el caso concreto de la región gallega, consta que el gran Arzobispo de Compostela, Gelmírez, trajo de Génova y Pisa a marineros y constructores de galeras a trabajar en Galicia. Las costas gallegas daban su buen contingente de navegantes, marineros y pescadores, que ya tenían su Santo protector, el bienaventurado Pedro González. Siendo una e idéntica la función intercesora de ambos Santos, la fusión fue fácil, imponiéndose el nombre más simple de Sant Ermo. Con todo, el santo local, conocido y cuyo patrocinio muchos habían experimentado, llegó a suplantar al otro, más antiguo, ciertamente, pero casi desconocido y emotivamente mucho más alejado del sentir popular gallego. La sustitución de la "r " por la " l ", evolución fonética frecuente, transformó Ermo en Elmo. Al acompañarle el título de Santo, se formó el conocido Sant Elmo. Desplazada la " t " final al comienzo de la palabra siguiente, quedó definitivamente consagrada la expresión San Telmo, de fácil pronunciación y cómoda para mantener en la memoria.

San Pedro González predijo su muerte cuando predicaba a una gran multitud, un Domingo de Ramos, en el monasterio Ihenedictino de Persecario, cerca de Bayona. Encaminó sus pasos hacia la ciudad de Tuy, para celebrar allí las grandes solemnidades de la Semana Santa, predicando diariamente en
Catedral. Allí hizo su aparición la enfermedad, en forma de liebres malignas. Como buen Fraile que era, decidió regresar a su Convento de Santiago, como le correspondía, para morir entre sus hermanos. Se puso de nuevo en camino, pero la enfermedad arreció y las fuerzas le fallaron, a sólo unos cinco kilómetros de Tuy, a la altura de un puente románico hoy casi desaparecido, conocido como " Ponte das Febres ", o de San Telmo. Regresó a Tuy junto con su compañero, lo más rápidamente que pudieron. No había entonces Convento de la Orden de Predicadores en la Ciudad, pero no le faltó la casa de un piadoso amigo en la que pudo acogerse, siendo recibido y atendido con caridad y devoción. Una hermosa y devota capilla recuerdan actualmente el lugar en que estuvo en la casa. En aquel ambiente humilde, impregnado de nostalgia, entre oraciones y lágrimas de unos y otros, y como un acto más de confianza y amor a Dios, Fray Pedro González entregó su alma al Creador. Un corazón que había amado con toda la fuerza de su poder en el tiempo, empezó a latir con hálitos de eternidad. Su voz poderosa y enronquecida por el desgaste del tiempo y de una actividad desbordante que no perdona físicamente, había enmudecido. Fray Pedro González había muerto, pero nacía San Pedro González, al que siglos después se le añadiría el eufónico y elocuente apelativo de Telmo.

No se sabe con exactitud el día de su muerte, ni siquiera se puede asegurar el año. Los que aventuran fechas dan el 14 ó 15 de Abril, que es la más aceptada en el calendario litúrgico. Lo único que se sabe es que fue un poco después del día de la Resurrección del Señor. Tanto el Santoral como el antiguo Calendario de Tuy dan como año de la muerte del Santo el de 1.246, fecha que ha acabado por adoptar la mayoría de los biógrafos.

El venerable Don Lucas, obispo por entonces de Tuy, dio sepultura al cuerpo de San Telmo en la Santa Iglesia Catedral, entre el Coro y la puerta principal. Dos han sido las traslaciones del cuerpo de San Pedro González, desde su original enterramiento en el trascoro de la catedral tudense. La primera en 1.529, casi tres siglos después de su muerte, por orden del obispo Don Diego de Avellaneda, que introdujo los restos en una caja de cedro incluida a su vez en una arca plateada, la cual fue depositada en la capilla de los obispos tudenses. La segunda tuvo lugar cincuenta años más tarde, en 1.579, a instancias del obispo Don Diego de Torquemada, quien movido de su gran devoción al Santo le erigió una capilla especial en la Catedral, en cuya hornacina central del altar se dispuso una gran urna de plata en la que, hasta el presente, descansan las reliquias del excelso apóstol de Galicia y abogado de navegantes. En una fosa, al pie del ara, se enterró un arcón de madera claveteado, dentro del cual se puso la tierra que se extrajo de los enterramientos anteriores.

El culto a San Telmo arranca del mismo momento de su sepultura en la Catedral de Tuy, decidida por el Obispo y realizada a base de un túmulo elevado que, en las costumbres de la epoca, equivalía al reconocimiento de la santidad del difunto, y presuponía la autorización para darle culto. Con fray Pedro González el culto se inició y siguió ininterrumpidamente. Una cantidad de capillas, altares, imágenes y cofradías, lo demuestran. De esta manera, el santo fray Pedro asumió después de su muerte no sólo el título de Santo, sino el de Patrono de la Ciudad y Diócesis de Tuy, y de las gentes de mal. Sin embargo, por una serie de vicisitudes históricas que el dewo de no alargar más la exposición me impide relatar, su ,1i nlización oficial no se produjo hasta 1.741, en que el Sumo Pontífice Benedicto XIV expidió el decreto correspondiente La psicología de San Telmo presenta cuatro rasgos fundamentales, que informan claramente los episodios de su vida que se conocen. En primer término habría que mencionar la vehemencia en los efectos, manifestada, por ejemplo, en su afán de adquirir ciencia, antes de su transformación espiritual, o en la diligencia con que acudía para administrar el Sacramento de la Penitencia. El segundo rasgo sería la energía que ponía en sus determinaciones, de lo cual han llegado abundantes ejemplos hasta nosotros, como el propio cambio de su vida subsiguiente a su conversión, en el que tuvo que vencer muy serias dificultades; o como la firmeza con que amonestó a San Fernando instándole a poner coto al desorden moral que reinaba en el campamento. En tercer lugar, sobresale el ejercicio de la caridad, suficientemente demostrado en lo ardoroso de su apostolado y en contribución admirable a la construcción de los dos puentes sobre el Miño. Y un último aspecto sería un vivo espíritu de fe, que llena todas las manifestaciones de su actividad y hace continua la presencia de Dios en él, engendrando en su ánimo una grande e inquebrantable confianza en la providencia divina, como dejó bien acreditado con ocasión de muchos milagros.

San Telmo no marcó su huella en la historia participando en la vida científica de su tiempo, como seguramente podría haberlo hecho con brillantez, siguiendo los pasos de muchos contemporáneos, entre ellos algunos miembros destacados de su misma Orden, como San Raimundo de Peñafort. Su memoria se ha conservado en otros medios más modestos: entre los pueblecitos gallegos que evangelizó y que todavía le miran como uno de los grandes bienhechores. A cambio de esta falta de gloria mundanal, la Providencia ha orlado la frente de San Telmo con la aureola de taumaturgo, y aquel corazón que tan
compasivo fue en vida sigue derramando a manos llenas los favores después de su muerte. A lo largo de nuestras costas se van encontrando ermitas, capillas, templos dedicados al bien-aventurado dominico. Su recuerdo no es algo muerto que se conserva en relicario dorado: es algo que vive y que perdura en los corazones de los descendientes de aquellos a quienes evangelizó y ayudó. Pedro González fue un hombre muy de su tiempo, castellano de pura cepa, al que la inquieta búsqueda de su propia realización personal le encaminó hacia la itenerancia apostólica, como servicio a la fe cristiana, transformándole en un misionero a carta cabal, en del que Santo menester consumió el resto de su vida. Galicia tiene el privilegio de haber conseguido hacerlo tan suyo que desde el hogar tudense ha ilustrado su historia en páginas de gran calidad y belleza.

El hecho de asumir una misión apostólica conlleva la necesidad de renunciar a las demás de índole temporal, por dignas que sean. Fray Pedro llegó al final de su vida sin más bienes que el báculo de peregrino que le había acompañado en sus largas y duras caminatas misioneras. Hoy es todo un símbolo silencioso y modestísimo de fidelidad y constancia.

Pedro González era un Santo, y el cristiano de la Edad Media estaba especialmente sensibilizado para comprender y admirar a los santos gracias al ambiente sacralizado en que vivía. Al mismo tiempo, el cristiano medieval valoraba a los santos como promesa de intercesión de Dios, y se acogía a su protección. Por eso quienes conocieron a fray Pedro en vida fueron el primer instrumento para canonizarle después de muerto.

El aspecto del Santo que más ha calado en la sensibilidad popular es su acción protectora a favor de los marineros en peligro en la mar. La pequeña nave que, en general, acompaña a la imagen del clásico San Telmo, lo pregona con elocuencia, hasta el punto que ha acabado absorbiendo otros aspectos muy dignos de consideración

San Pedro González es una de las figuras más descollantes de la primera edad dominicana española. Confesor de reyes, evangelizador de pueblecitos humildes, muchos de ellos marineros, fundador de conventos, taumaturgo insigne, realiza plenamente uno de esos tipos legendarios de Hermano Predicador que pintan las crónicas dominicanas, y atesora méritos sobrados para ser nuestro excelso patrón y protector.

Jóvenes marinos que me han oído con santelmiana paciencia: después de todo lo dicho hasta aquí, a mí me parece que la vida y la obra de San Telmo están revestidas de una atrayente grandeza, que encuentra resonancias especiales en la juventud. Por eso las he visto dignas de ser presentadas ante vosotros. En todo caso, deploro sinceramente, y os pido perdón por ello, que mi pequeñez como biógrafo y expositor no haya podido aproximarse ni siquiera un poco a esa grandeza. Pero , pese a este deficiencia intelectual , así me creo capacitado , en otro orden de cosas , para invitaros , a guisa de despedida , a que en vuestras andaduras profesionales sigais esa sugestiva estela ,plateada y luminosa, que dejaron tantas y tantas gene-raciones de predecesores vuestros que tuvieron a San Telmo como amigo protector, y que bajo su halo supieron escribir, en esforzadas y heroicas singladuras por todos los mares del mundo , las páginas más preciadas y gloriosas de la historia de nuestra Marina Mercante .

Muchas gracias.

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